viernes, 19 de enero de 2018

LAS NIÑAS DE AGUILAR Y LA MANDIBULA MISTERIOSA DEL PANTANO DEL EBRO EN REINOSA - CANTABRIA

  • Cómo la sequía puede terminar resolviendo la desaparición de dos niñas de 13 y 14 años en 1992
  • Al bajar las aguas de un pantano, un vecino vio una mandíbula entre el fango. Y podría ser de una de ellas. Fueron vistas por última vez junto a la fábrica de galletas Cuétara. Las niñas de Alcàsser las eclipsaron
  • La sequía reabre el caso de dos niñas desaparecidas en 1992 al hallarse una mandíbula en un pantano
La tarde del 23 de abril de 1992 Virginia Guerrero, de 14 años, tenía un plan pero no se lo había contado a nadie en casa. La chica salió de su domicilio en Aguilar de Campoo (Palencia) temblando de emoción y con el corazón palpitando a toda velocidad. En el bolsillo llevaba 800 pesetas que le había pedido a su madre para el supuesto regalo de una amiga que estaba de cumpleaños y al que en teoría iba a acudir un poco más tarde. Lo que no le había contado a sus padres era que el plan real no era exactamente ese. Es fácil imaginarla, con el dinero tintineando en su bolsillo, caminando por las calles de la pequeña villa hasta llegar a la casa de su amiga Manuela Torres, de 13 años.

Con el brillo de la emoción destellando en los ojos, ambas se fueron hasta la estación de ferrocarril, donde se subieron en un tren en dirección a Reinosa, en Cantabria. Ese era el auténtico destino de las dos chiquillas, la aventura que llevaban planeando días. Aunque el destino estaba en otra comunidad autónoma, era un trayecto de tan sólo media hora y su idea era pasárselo bien en el ambiente de fiesta de la ciudad cántabra para volver a casa antes de que nadie se diese cuenta. Una aventura excitante. Una travesura infantil. Una chiquillada que salió terriblemente mal.



Esa tarde todo salió a pedir de boca. Las dos muchachas fueron vistas en una de las discotecas de Reinosa y un poco más tarde en el parque de los Jardines de Cupido, una conocida zona de diversión de la época. Un poco más tarde, se marcharon, para llegar a casa antes de que anocheciese, pero entonces las cosas comenzaron a torcerse.

Probablemente nunca sabremos con exactitud qué sucedió más tarde, si las chicas se quedaron sin dinero, si perdieron el último tren de vuelta o si, simplemente, el plan original era regresar a casa haciendo autostop. Lo único cierto es que la última persona que vio a ambas niñas fue una vecina del pueblo a la altura de la fábrica de galletas Cuétara de Reinosa, mientras se subían a un Seat 127 de color blanco. «Las habría recogido yo, pero mi coche ya estaba lleno», rememora. Fue la última vez que se las vio con vida.
Y a partir de ahí, la nada más absoluta.

Virginia y Manuela (14 y 13 años) se desvanecieron de la faz de la tierra como si jamás hubiesen existido. Esa misma noche, angustiados por la tardanza de las muchachas, sus padres acudieron a las autoridades para denunciar su desaparición. Sin embargo, la respuesta fue fría. «En aquella época no había un protocolo como existe ahora, estaban más limitados», dice Emilio Guerrero, el hermano de Virginia, justificando la inactividad de los investigadores.

Hoy sabemos que las primeras horas de una desaparición son fundamentales, pero en aquel momento la Guardia Civil les dijo que tendrían que esperar 48 horas antes de iniciar la búsqueda, incluso aunque se tratase de dos menores de edad. «Ya volverán», fue lo que les dijeron. Quizás nos resulte incomprensible hoy en día, pero esa era la norma hace un cuarto de siglo.

Para mayor desgracia, apenas unas semanas más tarde otras tres niñas -Míriam, Toñi y Desiree- desaparecían en Alcàsser (Valencia) y el enorme revuelo mediático que generó su trágica desaparición tapó por completo el caso de Virginia y Manuela. Las dos chicas de Aguilar de Campoo no sólo se habían desvanecido sin dejar rastro, sino que además sus familiares tenían que convivir con la amarga paradoja de que ni siquiera la prensa se interesaba por su drama, centrada como estaba en el circo mediático de las tres niñas de Alcàsser. Y un espeso manto de silencio, dudas e incógnitas cayó sobre la investigación durante 25 años.

De vez en cuando el caso se reactivaba, con esporádicas apariciones en los medios (Paco Lobatón las hizo protagonistas de uno de los episodios de su célebre programa de búsqueda de personas desaparecidas). Incluso circulaban disparatados rumores sobre la presencia de las niñas -convertidas ya en mujeres- en comunas hippies, edificios okupas o incluso en redes de trata de blancas. Todas estas pistas resultaban ser bulos sin fundamento, malinterpretaciones torticeras o el simple deseo de sus padres de encontrarlas con vida. Pero lo cierto es que el manto de lo ignoto parecía haberlas devorado para siempre. Hasta que en fechas recientes, de repente todo puede haber cambiado.

Hace apenas unas semanas un vecino de la población de Yuso estaba dando un paseo por el lecho descubierto del pantano del Ebro, en Cantabria. La sequía de las últimas fechas hacía posible caminar por el terreno siempre anegado de una antigua población que yace en el fondo del embalse. De repente su mirada se detuvo en algo que parecía una mandíbula humana, semienterrada en el fango del fondo. Es fácil imaginarse su sobresalto y puede que incluso en aquel momento su mente volase a las dos niñas desparecidas 25 años atrás. O no. Lo cierto es que a lo largo de las décadas transcurridas ha habido varias falsas alarmas, como cuando en 1994 aparecieron los cráneos y otros huesos de dos mujeres en otro embalse de la zona, a apenas 40 km de Aguilar de Campoo, justo en un momento de sequía como ahora. En aquel entonces, todo el mundo dio por sentado que se trataba de las dos niñas, pero el análisis forense demostró más tarde que aquellos huesos se remontaban como mínimo a la Guerra Civil.

Porque, además, entre los vecinos de la zona circulan numerosas historias de hallazgos de restos óseos por la zona del pantano. No en vano, el antiguo cementerio del pueblo quedó anegado en 1952, cuando se creó la reserva de agua, y aunque fue sellado en su momento no es inusual que, de cuando en vez, algún antiguo hueso salga a la luz.

Puede que por eso la Guardia Civil fuese escéptica en un principio, cuando recogieron los restos. Sin duda pensaron que se trataba, una vez más, de una pista falsa. Y puede que lo sea. Pero las dudas se dispararon cuando hace apenas unos días, el primer informe forense declaró que la mandíbula encontrada pertenecía a una persona adolescente, de género femenino y que no podía llevar más allá de 25 años en el fondo del pantano. Concretamente dice que «los restos son de apariencia humana y podrían pertenecer a una adolescente de entre 13 y 16 años que llevaría muerta 25 años».

En ese momento, el recuerdo de las dos chiquillas desaparecidas un cuarto de siglo antes cobró fuerza. A expensas del resultado del análisis de ADN, que saldrá a la luz a lo largo de las próximas semanas, y que demostrará fuera de toda duda si esa mandíbula pertenece o no a una de las dos niñas desaparecidas, todo parece indicar que nos encontramos ante la primera pista fiable en más de dos décadas de uno de los misterios más insondables de la criminología reciente en nuestro país.

Pero el misterio persiste. Lanzarse a afirmar que se trata de los restos de Manuela y Virginia es aún demasiado aventurado hasta obtener los resultados científicos del ADN. Sin embargo, las dudas se acumulan en este momento sobre la mesa ¿Son sus restos? Y si no lo son, ¿de quién se trata? ¿Cómo llegaron ahí? Y sobre todo, las dos preguntas más inquietantes: ¿qué les sucedió a Virginia y Manuela?, y si intervino una tercera persona en su desaparición, ¿todavía está ahí? Es algo que quizás pronto podamos descubrir o, por el contrario, es posible que el misterio persista para siempre. El tiempo lo dirá. Mientras tanto, puede que la sequía haya dado la primera de las muchas respuestas que aún faltan por contestar.

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