El Gobierno caribeño cuantifica en al menos 920
muertos y más de 3.000 heridos en los devastadores terremotos.
En las
zonas dañadas denuncian la falta de ayuda estatal mientras sus vecinos
remueven las ruinas «hasta con las uñas»
Venezuela asiste desesperada al paso del tiempo tras el doble terremoto
que el pasado miércoles (madrugada del jueves en España) sacudió el
norte del país con el trágico balance lejos aún de ser definitivo de 920 muertos, entre ellos cinco
españoles, y 3.360 heridos. Cada minuto vale vidas cuando se trata de
encontrar supervivientes bajo las ruinas que se amontonan, sobre todo,
en Caracas y en la región costera de La Guaira, a unos treinta
kilómetros de la capital, y ya se han cumplido las 48 horas que los
expertos consideran decisivas para hallar víctimas con signos vitales
entre los escombros. En este tiempo se ha rescatado a «decenas», según
las autoridades venezolanas, que evitan dar una cifra, ni siquiera
orientativa, de desaparecidos, aunque las denuncias sobre personas a las
que se ha perdido la pista desde los seísmos se cuentan por miles. La
ONU advierte de que podrían superar las 50.000.
En la nación caribeña temen que el paradero de
muchos de esos desaparecidos se encuentre entre cascotes y vigas
retorcidas y que se cumpla la terrible estimación del Servicio Geológico
de Estados Unidos (USGS), que calculó entre 10.000 y 100.000 muertos
como consecuencia de los dos temblores que golpearon el norte de
Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia y una intensidad –7,2 y
7,5 en la escala de Richter que no se sentía desde el año 1900. «Hay
muchos cadáveres, el olor ya se está volviendo insoportable», retrataba
José Ramírez desde Playa Grande, una de las localidades de La Guaira
arrasadas por el doblete sísmico, mientras buscaba a su cuñada bajo los
restos de un edificio. En esta región con vistas al Caribe, declarada
«zona de desastre» y militarizada por orden de la presidenta, Delcy
Rodríguez, se extiende la sensación de abandono institucional en las
tareas de rescate. También en otros puntos del país hechos añicos echan
de menos el despliegue del Estado. Falta maquinaria, herramientas,
personal especializado... «No hay ni agua», se quejan.
La ayuda internacional comenzó a llegar el
jueves por la noche a través de Caracas cuyo principal aeropuerto,
Maiquetía, ha quedado cerrado por los graves desperfectos, con los
rescatistas de El Salvador, México, Chile y Suiza como avanzadilla. Y
este viernes aterrizó el avión fletado por el Ministerio español de
Defensa con 58 efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME), dos
ingenieros y ocho unidades caninas para colaborar en la búsqueda contra
reloj de supervivientes.
La ONU estima que 6,7 millones de venezolanos se han visto afectados por el doble seísmo
En total, una veintena de países (Italia,
Catar, el Reino Unido, Ecuador, Alemania, Jordania...) ha confirmado por
ahora el envío de personal y material a Venezuela, donde Naciones
Unidas estima que 6,76 millones de personas –2 millones en la capital–
se han visto afectadas de alguna forma por las sacudidas. También se ha
implicado Estados Unidos, que mantiene una relación fluida con la actual
presidencia tras la detención de Nicolás Maduro el pasado enero.
«Estaremos allí para nuestros grandes y nuevos amigos», se comprometió
el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump. Rodríguez, que visitó La
Guaira 24 horas después del desastre, agradeció la implicación
extranjera.
Pero la ola de solidaridad no sólo procede del exterior. Venezolanos de
todos los rincones cruzan el país en estado de emergencia con las
localidades destrozadas por el doblete sísmico como destino, en especial
hacia La Guaira, considerada la 'zona cero' del desastre y con unas
70.000 familias damnificadas. Unos desplazamientos que el presidente de
la Asamblea Nacional y hermano de la presidenta, Jorge Rodríguez,
desaconsejó porque «congestionan las vías por donde estamos evacuando» a
las víctimas. Mario Córdoba es uno de esos rescatistas sin experiencia y
con mucha voluntad. Salió de Caracas junto a su esposa tras sufrir los
temblores en su propia casa de la capital, donde pensó que iban a morir
mientras veía como las paredes se resquebrajaban. «Es el amor por la
vida, eso mueve montañas», explicaba al diario 'El Nacional' a su
llegada a la región costera. Esas «montañas» son hoy de escombros y los
vecinos tratan de atravesarlas con sus manos, «hasta con las uñas», para
alcanzar alguna vida.

«Devastación aterradora»
Pero lo que se ve entre los restos son sobre
todo cadáveres. «La situación sobre el terreno es de una devastación
realmente aterradora», admitía el viernes Tom Fletcher, secretario
general adjunto de Asuntos Humanitarios de la ONU, que antes de esta
crisis de proporciones aún difíciles de cuantificar ya sabía de 7,9
millones de personas que requerían ayuda en el país caribeño para salir
adelante cada día. La nación arrastra desde hace años varias crisis
simultáneas (política, económica y humanitaria) que han afectado a sus
infraestructuras y a sus recursos, también a los necesarios para
responder a situaciones de emergencia.
Diferentes informes ya habían avisado del mal estado de conservación de
miles de inmuebles el 53% de la población necesitaba rehabilitar su
vivienda antes de este episodio– y los terremotos del miércoles
resultaron letales para un buen puñado de ellos. Más de 700 habrían
sufrido algún tipo de desperfecto durante las sacudidas y, de ellos,
cerca de 200 habrían colapsado por completo. Bloques residenciales,
hoteles de cinco estrellas, la embajada francesa, iglesias,
instalaciones militares, colegios, centros comerciales...

En el barrio acomodado de Altamira, en
Caracas, se desplomó un edificio de 22 plantas, donde los rescatistas
piden ahora «silencio» cada vez que perciben un hilo de vida. Los
supervivientes se han quedado, en muchos casos, sin nada o con unos
pocos enseres, como colchones, televisores y alguna lavadora que han
logrado rescatar entre las nubes de polvo y ya no tienen ni dónde
enchufar. Pedro Pérez, residente en la arrasada La Guaira, ha perdido a
sus 64 años su taller de tapicería y su casa, y el jueves tuvo que
dormir en la calle con su esposa e hijos: «Esperamos que la ayuda llegue
pronto», se resignaba.
Allí, en la vía pública, al aire libre, buscan
refugio los venezolanos cada vez que perciben un nuevo temblor. A veces
es sólo una mala pasada de su cerebro, en alerta desde la tremenda
sacudida, aunque lo cierto es que los sismólogos han detectado más de
300 réplicas desde el primer terremoto. Los hospitales que quedan en pie
–en al menos trece constan daños y no funcionan o lo hacen a medio gas–
no dan desde entonces abasto. «Los niños rescatados llegan solos en
ambulancia. Algunos dan su nombre y otros llegan con el nombre escrito
en una cinta atada a la muñeca», compartía un médico en el centro
Domingo Luciani de la capital. Los sanitarios han visto alteradas sus
agendas, en los colegios se han suspendido las clases, las conexiones
aéreas con Caracas se han reducido al mínimo, las instalaciones de la
Bolsa se han transformado en centro de recogida de ayuda humanitaria...
Nada es igual en Venezuela desde que el miércoles la tierra rugió como
no lo hacía hace más de un siglo.